Dosis de autocracia y ambición en el frágil mundo de Trump

trump*Son épocas de alta fragilidad. Si la agitación que acaba de ingresar al mundo se agudiza, un pequeño error encenderá un desastre

Clarin.com / Mundo / PANORAMA INTERNACIONAL / 030217

En su breve estreno presidencial, Donald Trump se ha aplicado a construir una autocracia, un modelo adaptado a sus necesidades que asume las limitaciones institucionales y el balance de poderes como un fastidio menos que un beneficio del sistema. Es por ello que gobierna a puro decreto. Y, cuando no le es posible hacerlo, arremete contra las reglas del legislativo, ignorando a las minorías, para que se apruebe sin objeciones a quienes designa en su gabinete o últimamente en la Corte Suprema. También con ese ánimo unanimista, en el sentido de la exclusión del otro, amenaza con desarmar acuerdos multinacionales como el establecido el año pasado con Irán para garantizar su desnuclearización. O el propio Nafta, que involucra a su país pero también a México y Canadá.

En estos escasos días de poder, Trump ha abierto frentes con aliados centrales de Washington y, con similar entusiasmo, profundizado las grietas con sus adversarios. Ha chocado con China ya antes como presidente electo revoleando la isla de Taiwan como una lanza negociadora; e ignorado la doctrina de una nación dos sistemas que ha regido la relación bilateral desde las épocas de Richard Nixon. Rompió puentes con México, el mayor socio comercial de Washington por encima aún del gigante asiático. Ha despreciado la otra doctrina histórica norteamericana de una solución de dos estados para el drama de Oriente Medio.

Últimamente agravó de modo imprevisible el diferendo con Irán arriesgando a favor de los halcones nacionalistas la estabilidad del gobierno moderado de ese país. En uno de sus más toscos movimientos se enfrentó con la Europa unificada espoleando con elogios la divisiva experiencia del Brexit y designando un embajador eurofóbico ante la UE que asimila la unidad continental como un artefacto a desarmar equivalente a la Unión Soviética.

Esa capacidad desintegradora es asombrosa. Es poco conocido que el jefe negociador del divorcio británico en el Parlamento Europeo, el belga Guy Verhofstadt denunció que el principal asesor de Trump, el suprematista Steve Bannon “envió representantes a Francia y a Alemania para preparar (con los ultranacionalistas locales) referendums separatistas” similares al que estableció la ruptura del Reino Unido con Bruselas.

En casi ninguna de las estaciones de este tren fantasma el millonario presidente ha planteado un plan B o una salida, imprescindible por la imposibilidad existencial de manipular todos esos conflictos. Pero Trump, lo que busca no es mostrar coherencia histórica sino un autoritarismo rector que discipline a su país y al mundo a su mando.

Es un pensamiento sencillo y regresivo, pero es el suyo y lo lleva adelante en un momento que la globalización perdió fuelle y se produce una transformación clave del sistema de acumulación del capitalismo del cual, este extravagante magnate, es una consecuencia.

Esta columna advirtió en su momento que no debía esperarse que Trump se moderara en cuanto llegara al sillón del Salón Oval. Y, especialmente, que no debería confundirse su portentoso unilateralismo con la idea de un aislamiento que apartara a Washinton de la agenda internacional. Pero también debe notarse que ni el formato actual del mundo ni la propia configuración institucional de EE.UU. son permeables a esas mutaciones cesaristas. Esa dimensión explica los choques del novel presidente con la realidad.

Hace apenas horas, en un esfuerzo para no perder control, debió reclamar a Israel que detenga su ordalía colonizadora de los territorios palestinos. Encendido por la llegada del magnate a la Casa Blanca, el controvertido gobierno de Benjamín Netanyahu anunció la construcción de hasta 6 mil viviendas en la Cisjordania ocupada. Uno de los más influyentes ministros de esa administración, el responsable de la cartera de educación Naftali Bennett, llegó a prometer que el Parlamento aprobará la toma de tierras palestinas privadas. Ese procedimiento desnudaría el ya polémico proceso de asentamientos ilegales como una usurpación delictual que homogeneizaría el rechazo del mundo árabe y gran parte de Occidente alimentando el riesgo de una nueva guerra en la región.

Ese potente dato de anarquía israelí es solo un ejemplo del peligro que corre el planeta en estos días de ejercicio de autos chocadores del nuevo habitante de la Casa Blanca. El caso más delicado se ha establecido con la potencia persa. En los últimos días Washington y Teherán cruzaron duras advertencias y amenazas larvadas después de que la revolución islámica realizó ejercicios misilísticos el pasado fin de semana. Trump se involucró personalmente con su diplomacia de twitter en ese litigio, avisando a Irán que estaban advertidos, sin aclarar de qué, pero dejando volar toda clase de posibilidades ominosas. “Están jugando con fuego”, les reiteró ayer antes de anunciar nuevas sanciones.

EE.UU. y la propia Israel, que calificó de “agresión que debe ser respondida” los ensayos iraníes, sostienen que la potencia persa viola acuerdos internacionales. Pero los convenios de Viena por el deshielo nuclear no incluyen el tema de los misiles. Y una regulación previa del Consejo de Seguridad de la ONU, la resolución 2231, impone límites solo si se trata de misiles ofensivos con cabeza nuclear. Teherán dice, en cambio, que son defensivos y carecen de esa cabeza. Al margen de la escasa confianza que puede asistir a todos estos actores, lo cierto es que la Agencia Internacional de Energía Nuclear (AIEA), dependiente de la ONU, que monitorea el cumplimiento de aquella resolución, ha confirmado lo que sostiene Irán.

El caso es delicado porque recuerda de modo lineal las argumentaciones que se pergeñaron a inicios de la década pasada para justificar la invasión de Irak. Según el entonces gobierno de George Bush, que también buscó de modo autoritario construir un EE.UU. que modelara el mundo a su criterio y necesidades, la dictadura de Saddam Hussein acumulaba armas de destrucción masiva, una especulación que esa misma agencia se ocupó de desmentir sin ser escuchada. La política de Bush sostenía el absurdo de buscar imponer con los cañones la democracia occidental en un puñado de países de una lista que coincide con la que acaba de formular Trump para impedir el acceso de sus ciudadanos a EE.UU. Entre ellos, especialmente, Irán.

Un costo grave de estos últimos revoleos prepotentes es que, como señalamos más arriba, pueden fortalecer a los ultranacionalistas en las elecciones de mayo próximo en la república persa. Eso debilitaría al gobierno moderado que negoció con Occidente y desarmó su estructura nuclear. La misma alteración que produjo Bush en su momento facilitando el acceso del fanatismo al poder de Teherán. Son épocas de retroceso y de alta fragilidad. Si la agitación que acaba de ingresar al mundo se agudiza, un pequeño error en el estrecho de Omán con los barcos norteamericanos e iraníes, o en las aguas del mar septentrional de china, o en el frente interminable del conflicto israelo-palestino encenderá un desastre debido a la ausencia de contención real. Bannon, por caso, quien ha repetido su convicción de “destruir el estado” en aras de un populismo virulentamente antiestablishment, tiene un asiento en el Consejo de Seguridad Nacional, que decide la acción militar de la mayor potencia bélica del planeta.

Hay más comparaciones que deberían ser atendidas. Bush fortaleció su gobierno a puro nacionalismo combatiendo un vidrioso enemigo terrorista y con guerras innecesarias en Afganistán e Irak. Entre tanto, y fuera de las primeras planas, desreguló el sistema financiero norteamericano permitiendo una “creatividad” cercana a la estafa que acabó en la gran crisis de 2008. Trump, no lejos de eso, acaba de anunciar el cercenamiento de normativas como la ley Dodd-Frank, promulgada en 2010, después del crack global de 2008. La norma creo la Agencia de Protección al Consumidor que amplió la capacidad del gobierno para vigilar la comercialización de productos financieros como hipotecas, tarjetas de crédito o los préstamos estudiantiles.

Los bancos habían cuestionado ese instrumento considerado la reforma más radical del sistema financiero de EE.UU. desde la Gran Depresión, por encima, incluso, de la Glass-Steagall que limitó en los años ‘30 la especulación bursátil. Ahora lograron que comience a ser desmontadas. De eso se trata, al fin del día, todo este complejo entramado. Como señaló Napoléon en tono de resignada advertencia: “La ambición jamás se detiene, ni siquiera en la cima de la grandeza”.

 

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